
LOS PONETTA 6 La vieja calva.
El niño fue creciendo feliz y contento y también sano. Le habían puesto el mismo nombre de su abuelito materno, ya desaparecido, Jorge.
Parecía como si todas las amenazas y todos los augurios se hubieran diluido con el paso del tiempo. Había cumplido 10 años y era un niño feliz. Iba al colegio y tenía muchos amigos. Esa semana santa venía gris y lluviosa, ventosa y fría, pero para el eran días de vacaciones y el tiempo era todo suyo y de sus amiguitos.
Era día de mercado y el tiempo parecía dar una tregua, había dejado de llover y un sol iluminaba el ánimo de los muchos vecinos y feriantes. La plaza porticada estaba animada y era preciosa, a un lado de los arcos la propia plaza y las tiendas y casas mas señoriales, y la iglesia, detrás las casas humildes y las laderas de viñedos aterrazados que bajaban sin prisas a lo largo de leguas hasta tocar el río Duero, majestuoso y soberbio, acariciándolo y acompañándolo, donde el granito y la pizarra lo permitían.
En una de esas humildes casas de piedra, vivía la vieja careca sobreviviendo a ese invierno y preparándose para ese infierno tan largo que era el verano de Pesqueira. Un trozo de queso y un poco de caldo que humeaba en el puchero al amor de la lumbre, sería su refrigerio matinal.
Se colocó un pañolón a modo de capa sobre sus hombros vencidos, y se apretó el desteñido pañuelo sobre su pequeña calavera, que ya se le asomaba por todos los lados de la cara. Abrió la desvencijada puerta y salió a la calle directamente, desperezándose, el gato también se estiró y el perro que estaba dormitando cerca de la puerta también se desperezó, se acercó a la esquina y levantando la pata derecha de atrás se meó a pequeños golpes de presión, indiferente a la aparición de la vieja.
Cogió la cesta que estaba colgada en el clavo de la pared de la entrada, se la colocó en el antebrazo y empezó a subir la cuesta que iba hacia el centro de la villa.
Se cruzó con personas cargadas de sacos de provisiones, verduras, gallinas, conejos, y tantas cosas. Nadie la miraba, parecía invisible, ninguno la veía, parecía como si no existiera. Nunca se acostumbraría.
Una queja interior avivó el odio que sentía, llegó al arco de la entrada a la plaza, se paró en medio, mientras sentía el calor de su propia orina entre sus piernas abiertas. Un pequeño riachuelo corría lento y humeante cuesta abajo.
Se volvió a colocar el pañuelo ajado sobre la cabeza y comenzó su paseo habitual los días de feria, con la mano izquierda extendida iba pasando por todos puestos pidiendo, ora patatas, huevos, chorizos, conejos, puercos, vacas, vino, aceite. Cualquier cosa sería bien recibida, si se la dieran. Pero la cesta seguía vacía. Recordó con nostalgia cuando era mas joven y los hombres y también los jóvenes acudían a a su casita de piedra a escondidas por la noche y a cambio de sus favores la regalaban ropa y comida y velas y monedas de cobre, y ella se dejaba porque quería tener un hijo y así fue también la vida de su madre y de su abuela. Por el día venían algunas mujeres que necesitaban remedios para sus males y también para hacer mal y para no tener el hijo o para tenerle y así iba tirando. Y se acuerda de aquella noche que se despertó asustada después de haber sido visitada por unos jóvenes que querían conocer el secreto, su secreto aun joven, húmedo y cálido del sexo, y como al despedirse cada uno de ellos puso una moneda de cobre en los intersticios de las piedras, donde ya había tantas y prometiendo que volverían la siguiente feria.
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