LOS PONETTA 1 La bruja.
Érase una vez, hace mucho tiempo, un pueblo, São João da Pesqueira, en el corazón del Duero Portugués.
Las últimas barricas de vino de Oporto habían partido en aquellas carretas camino de Ferradosa, allí serian embarcadas en aquellas barcazas ( rabelos) y descendiendo el río Duero bajarían en una travesía dura e incierta hasta la ciudad de Oporto.
El barco rabelo estaba terminando la carga.
El día era especial, de una luz triste y un viento que quitaba el calor de los cuerpos con una caricia constante, que coloreaba las narices y las orejas de todos los que allí estaban. El lugar era un paso angosto cerca del río, ese río que era el mismo, estaba diferente, traía mas agua de lo normal y de otro color mas pétreo, mas oscuro e inquietante. Las laderas de la ribera aterrazadas y llenas de viñas, daban cierta tranquilidad con su geometría dócil y cercana.
La vieja calva ( careca ) apareció en lo alto de la cuesta, vestida de negro y con un pañuelo que la bailaba en la cabeza pelada, de un color pardo, oscuro y desteñido la daba un aire de mujer a evitar; nadie la quería. Parecía como si fuera un peligro, todos la rehuían.
Por eso cuando se acerco a la barcaza donde se cargaban los toneles de vino de Oporto, todos se miraron mientras ella iba directamente a las personas que seguramente eran los amos. La vieron llegar con aprensión, y ella fue directa al que mejor vestía. Con voz ininteligible, a la vez que con la mano extendida hacia gestos de solicitar comida, mientras se la acercaba a la boca desdentada y con el bigote poblado. Con la otra movía el pañuelo sobre su calva sucia, enseñándola y tapándola hasta los ojos.
Uno de los encargados, la cogió de un hombro y la apartó, mientras la daba una patada en el culo. La vieja dio un traspié y se precipitó de bruces contra la barrica de vino que estaba esperando para ser cargada en el barco rabelo.
El golpe sonó sordo y brutal. La vieja reboto en el tonel y calló de espaldas al suelo pedregoso. Sangraba por la nariz y por la boca.
Todos se quedaron pasmados durante un tiempo interminable.
Ella sin ayuda, se levanto como pudo, se saco el pañuelo de la cabeza y se limpio la sangre de la cara, después escupió en el suelo.
Y así con ese aspecto de animal herido, los fue mirando uno a uno, y volviendo otra vez la mirada al que parecía el amo, le deseo en viva voz y con claridad todos los males del mundo.
Dicho esto y tambaleándose, abrió las piernas, se subió un poco los faldones y se orino allí mismo, donde estaba.
Después, dio la vuelta y poco a poco fue subiendo al camino que la llevaría hasta una casa de piedra, donde vivía por temporadas, y donde ella curaría sus heridas.
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