domingo, 19 de junio de 2016

CUENTOS DE ABISHINKY 5 El sastrecillo menguante







Don Cueco


….-Y como prueba de mi desagrado, por este traje que me has hecho y que me aprieta por todos los lados, te voy a castigar a llevarlo y sentirás esa opresión todo el rato, pero no te lo podrás quitar, eso si, mientras el traje encoge, tu también menguaras.
Y así fue, el y su nuevo traje, precioso, de un verde musgo y con unos ribetes en la cintura y en las mangas, que se ajustaban según las estaciones, según las temperaturas, la lluvia, el frío o el calor, que su amigo Abishinky, le había rociado con un preparado estacional que le daba esos poderes, pero se le debió de ir la mano, el traje, lo mejor que hacia era apretar, pero si hacia frío, se ponía mas flojo y te helabas y al contrario, te apretaba y no podías casi respirar con ese calor.
A don Cueco, el sastrecillo, nunca le había gustado hacer ningún traje al gnomo don Mandamás y este desde el primer momento, le dio mucho trabajo y no conseguía terminarlo, así que cometió aquel error, al pedir ayuda a su amigo Abishinky y al final, el trabajo quedo mal y encima, su amigo se había ido de viaje a las tierras altas, invitado por el gremio de los artesanos y tardaría en volver una semana o tres, mientras el sufriría las consecuencias de aquel fracaso.
-Quien te ayudo a hacer mal mi traje, que te ayude a ti.
Dijo don Mandamás y se fue de picos pardos....
-Por hoy, ya basta de desdichas, me tomare un tazón de leche y unas rosquillas de anís y me acostare.
Dijo don Cueco.
-Mañana será otro día.
La noche fue horrible, aquel calor apretado del traje, fue permanente, así que en cuanto empezó a amanecer, se levantó y empezó a limpiar su pequeña casa, que mira por donde le parecía ahora un poco mas grande.
-Prepararé los desayunos.
-Miau.
Dijo el gato.
Que también parecía mas grande.
Al sentarse, lo vio todo muy claro, sus pies no llegaban al suelo, estaba menguando.
-Truenos, Rayos y Centellas
-Dijo mientras se terminaba su rosquilla de anís.
-Tendré que darme prisa, iré a buscar a Abishinky , para que me ayude, o acabaré desapareciendo.
Cogió dos monedas de oro, que le había dado el duende 5 años atrás por su cumpleaños, una lata de sardinas fluviales, un queso y compraría un panecillo de siete días en la panadería y llevaría también a su gato Cristino.
Antes de empezar, el gato dijo tajantemente:
-No voy.
-Pues ahí te quedas, pero las sardinas se vienen conmigo.
-Entonces voy.
Y así emprendieron el viaje por el camino del tío Fernando, unas veces a pie y otras andando.
-Pararemos a dormir en la posada.
Pero no le dieron habitación, si no venia con sus padres, la verdad es que había empequeñecido un poco en ese primer día de camino, así que entro con el gato en la cuadra del maestro, un burro, una cabra y un par de gallinas era todo el mobiliario animal del recinto, seria perfecto.
-Dormiremos en el pesebre, encima de la paja, pero antes comeremos algo.
Una sardina para el gato y un trozo de queso y una rebanada de pan.
-Ya vengo.
Dijo el gato y se fue a dar una vuelta.
El sastrecillo, se acomodó en un rincón del pesebre y se quedó inmediatamente dormido.
Un lametón en la cara le despertó y del salto que dió, el burro quedo espantado.
-Yo despeinado pierdo mucho, hasta el borrico se asusta.
-Cristino!
-Aquí estoy, mi amo, con mi amiga. Que digo yo, que cuando arreglemos lo de tu problema, que mi gatita se puede venir a vivir a nuestra casa.
 Cristino, como siempre solo pensaba en si mismo, como todos los gatos del mundo, en si mismo y en su nueva enamorada.
-Amo, que digo yo, que casi somos de la misma altura, esta noche si que ha sido menguante.
-Carretera y manta, continuemos el camino, tenemos que llegar esta misma tarde, sin falta.
Dos sardinas para la pareja de gatos y un trocito de queso y otro de pan, serian todo el combustible hasta el final del trayecto, al árbol de Las Tierras Altas. A media jornada don Cueco y los dos gatos tenían el mismo tamaño, así que el sastrecillo repartió el equipaje entre los tres y continuaron camino...
-Desde aquel otero veremos el árbol mas maravilloso de estas tierras.
Al llegar a la cima, el paisaje del valle era idílico, una sola casa al lado del árbol de Las Tierras Altas, protegía la entrada a esas tierras, cuando esta se abría o cuando estaba cerrada.
El sastrecillo había encogido tanto que parecía mas un duendecillo que otra cosa.
-Me tienes que llevar en este tramo final.
Dijo don Cueco, con una voz casi de flauta.
-De ninguna manera, estoy muy cansado.
Digo el gato Cristino.
-Yo te llevare.
-Dijo la gatita. Que había cogido confianza.
-Pues vamos rápido.
De un salto se encaramo en el lomo de la gata y esta con un gracioso trotecillo empezó a bajar, camino del árbol mágico. El gato Cristino, con muy pocas ganas siguió detrás y al poco tiempo estaban los tres en la mismita entrada del Árbol de las Tierras Altas y milagro, la puerta estaba abierta, así que entraron por la abertura de aquel maravilloso tronco y oyeron como una de las tierras altas se paraba iluminando todo el gran hueco de las raíces y el tronco.
Y precisamente esa tierra era la de los artesanos y allí mismito en la entrada estaba sonriente Abishinky, esperando.
-Se todo lo que has pasado y aquí traigo el remedio, para tus males.
Y diciendo esto saco un frasco de vidrio, lo abrió y roció al sastrecillo, que ya era mas pequeño que un pardal, primero salió un poco de humo, pero no era de don Cueco, que nunca había fumado tabaco, así que seria del desencantamiento y este empezó a hacer efecto, el sastrecillo empezó a crecer y a crecer y hasta quedo un poco mas alto que antes, pero feliz, feliz el, felices los gatos y feliz Abishinky.
...Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.


FIN

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